Juan de la Cierva nació el 21 de Septiembre de
1895, en Murcia. Su padre era un prestigioso abogado y empresario
conservero, que saltó a la política como miembro destacado del partido
conservador, llegando a ocupar diversos puestos de responsabilidad:
alcalde de Murcia, diputado (varias veces), Gobernador Civil y cuatro
veces Ministro.
Ya de pequeño, la Cierva hizo gala de una
desmedida afición por la mecánica y la aviación, entonces en sus
comienzos, acudiendo siempre que le era posible a las numerosas
exhibiciones públicas que en la primera década de nuestro siglo se
realizaban en las afueras de las principales ciudades españolas a cargo de
valerosos pilotos, usualmente franceses.
Este temprano interés queda
patente en las experiencias con planeadores y con modelos a escala
realizadas en los años anteriores al ingreso en 1913 en la Escuela de
Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid. Ya por aquel entonces
había construido su primer aeroplano a motor, que fue volado por el
conocido piloto francés Jean Maurais, quien llegó a usarlo
profesionalmente en sus exhibiciones públicas. Un segundo avión llegó a
ser probado por los pilotos de la Escuela de Aviación del aeródromo de
Getafe, cuyos pilotos eran, en su gran mayoría, ingenieros industriales
que habían obtenido el título de piloto en Francia. Estos diseños dieron
un gran prestigio al jovencísimo la Cierva en la comunidad aérea española,
ganándole grandes simpatías y un decidido apoyo que le sería de gran
utilidad en el futuro.
Finaliza los estudios
universitarios en 1919, con el número 26 de su promoción, si bien nunca
llegaría a ejercer la profesión. Este año fue de una frenética actividad
para el joven ingeniero. Sale elegido Diputado por Murcia (escaño que
renovaría en lo sucesivo, si bien no asistía a las Cortes), contrae
matrimonio, y resulta frustrada su participación en un concurso público
convocado por la Aviación Militar Española para el equipamiento de la
naciente arma aérea. Al final, la decisión política se inclinó por
adquirir aparatos extranjeros sobrantes de la Primera Guerra Mundial,
desinteresándose el Ministerio casi por completo de la industria aérea
española.
Por aquellos años la Cierva gozaba
ya de un gran dominio de las matemáticas aplicadas y de su papel en la
ingeniería: «la invención es sólo un producto del pensamiento lógico.
Prácticamente cualquier ingeniero con una base matemática podría ser
adiestrado como inventor». Es característica de su opinión en la materia
el que la Cierva prefiriera ser denominado «ingeniero», en vez de
«inventor».
Su interés científico se dirigió
hacia la búsqueda de una forma radicalmente diferente de volar. La
intención básica era eliminar el peligro de la pérdida de velocidad que
hacía de los aeroplanos unas máquinas solo manejables por pilotos
profesionales. Para conseguir este objetivo, la Cierva decidió abandonar
el aeroplano y buscar la solución por caminos alternativos. Los conceptos
de ornitóptero (máquina voladora más pesada que el aire que consigue la
fuerza sustentadora mediante alas batientes, como los pájaros) y
helicóptero (conseguir la sustentación mediante una hélice de eje
vertical) eran ya conocidos, si bien no se había completado con éxito
ningún ingenio de dichas características. El examen de los problemas
propios del ornitóptero y del helicóptero hizo a la Cierva desistir de
estos dos caminos, por considerarlos demasiado complicados, mecánica y
aerodinámicamente.
La
Cierva llegó a la conclusión de que su problema quedaría resuelto si podía
conseguir un sistema de alas que se movieran en relación a la estructura
del aparato y que, además, mantuvieran este movimiento relativo sin
necesidad de aplicarles un motor. El problema estribaba en conseguir que
la resultante de las fuerzas aerodinámicas sobre cada ala, además de
producir la sustentación necesaria, impulsara a dicha ala en su movimiento
respecto de la estructura del aparato. La Cierva optó por un rotor o
conjunto de las alas dispuesto como una hélice sustentadora de
helicóptero, es decir con paso positivo (hacia arriba), pero, a diferencia
del helicóptero, ningún motor accionaba el sistema. Las alas autogiraban.
Para mantener el movimiento horizontal, el aparato estaría dotado de un
motor accionando una hélice tractora como un aeroplano convencional. Por
supuesto, el sistema de alas giratorias era capaz de mantener la
autorrotación con ángulo de ataque de 90 grados, es decir, en descenso
vertical sin motor.
El proceso mental que condujo a los 25 años de
edad a la Cierva a concebir el Autogiro es un ejemplo de creación más que
de invención. La Cierva no partió de un fenómeno observado para,
aprovechándose de él, obtener un fin práctico, sino que, procediendo a la
inversa, se propuso un fin práctico y creó un ente físico que cumplía las
premisas que él mismo había establecido. En 1920 obtiene la primera y fundamental
patente, que sería ampliada y mejorada con nuevas patentes en años
sucesivos, e inicia los primeros ensayos en Getafe, con el primer modelo
denominado C.1, de 350 Kg de peso, y utilizando un fuselaje de un avión
antiguo de la Primera Guerra Mundial. En 1923 registra la marca
«Autogiro»: «para distinguir aparatos voladores y en especial, aeroplanos
de alas giratorias».
Una idea importante en
el desarrollo inicial del Autogiro fue la del rotor único o compensado,
pues el uso de dos rotores efectuado hasta el momento se había revelado
como desestabilizador. Para ello, fue necesario realizar un detallado
estudio teórico para determinar una forma de pala cuya planta, perfiles y
distribución del ángulo de paso de las distintas secciones dieran como
resultado una resultante aerodinámica centrada. Los ensayos de esta idea
se vieron obstaculizados momentáneamente por dificultades económicas del
inventor (pues al no trabajar en empleo remunerado, era su padre quien le
financiaba) solucionadas en primer lugar con la venta de su coche. Durante 1921 y 1922 se probaron los modelos C.2
y C.3, que se revelaron un tanto inestables en el vuelo, lo que ocasionó
numerosos fallos y accidentes de pequeña importancia. La solución
encontrada por la Cierva a estos problemas fue el utilizar palas
flexibles, mediante el uso de una articulación de batimiento. La Cierva
determinó esta solución no por ensayos experimentales, sino por un
complejo análisis matemático del problema aerodinámico referente a la
sustentación del aparato.
Los primeros ensayos del
modelo C.4 construido conforme a los nuevos principios fueron nuevamente
infructuosos. Para su definitiva resolución, la Cierva realizó una
completa serie de ensayos en el túnel de viento de circuito cerrado del
aeródromo de Cuatro Vientos (obra de Emilio Herrera), por aquel entonces
el mejor de Europa. El nuevo aparato corregido se probó exitosamente en
Enero de 1924, y alcanzó una velocidad máxima de 100 Km/h, bastante
modesta, pero reveladora de las posibilidades del Autogiro, que ya había
superado las pruebas de insensibilidad a la pérdida de velocidad (era
capaz de volar correctamente a muy bajas velocidades) y de poder tomar
tierra verticalmente. En este estado de desarrollo, el Autogiro no
despegaba verticalmente sino que necesitaba de una breve carrera, muy
inferior a la de un aeroplano. Estos éxitos despiertan el interés tanto
español como extranjero en el nuevo aparato, publicándose los primeros
artículos en revistas extranjeras.
Con el paso de los años,
la Cierva iría probando sucesivos modelos de Autogiro (hasta el C.40), con
significativas variaciones: diversos fuselajes, diferentes perfiles de las
palas, aumento de la potencia del motor (hasta 420 CV), aumento del peso
(hasta mas de 2200 Kgs), distintos trenes de aterrizaje, diversas
mecánicas de mando y mecanismos de lanzamiento del rotor, etc, que
mejorarían en gran medida las prestaciones de altitud (hasta casi 6000
metros), aterrizaje vertical, eliminación de vibraciones y ruido, máxima
velocidad horizontal (eterno punto débil del Autogiro: hasta 230 Km/h),
imposibilidad de entrar en pérdida, estabilidad inherente, distancia
alcanzada en vuelos continuos (más de 500 Kms), despegue vertical
(reduciendo la carrera de despegue), velocidad ascensional (hasta 10 m/s)
y mínima velocidad horizontal. Hay que resaltar que el Autogiro nunca
llegó a exhibir la cualidad de vuelo estacionario característica de un
helicóptero. El
excelente comportamiento del Autogiro a bajas velocidades fue confirmado
por las pruebas realizadas con un modelo a escala en el túnel de viento de
Cuatro Vientos, con la obtención de una más que satisfactoria curva polar
(representación del coeficiente de sustentación en función del coeficiente
de resistencia al avance). Sin embargo, con el tiempo, algunas
conclusiones de dichas pruebas se revelaron inadecuadas, prueba de la
dificultad de la experimentación con modelos a escala en aerodinámica,
algo que entonces no era bien comprendido.
Los ensayos durante el
resto del año 1924 se vieron dificultados por la carencia de pilotos
(éstos estaban sirviendo en la guerra de Marruecos). La exposición del
Autogiro en la Exposición Internacional de Aeronáutica de París dió lugar
a los primeros contactos con el extranjero: Ministerio del Aire británico,
la empresa inglesa Vickers de aviación, el ingeniero francés Lapère, la
Aeronáutica Militar francesa, el US Air Army Service, el empresario
estadounidense de aviación Harold F. Pitcairn y otros, que fructificaron
en las primeras licencias de fabricación en el extranjero bajo supervisión
del inventor.
Los tanteos de la Cierva
para encontrar fuera de España gobiernos y fabricantes interesados en su
invento, y su decisión final de establecer en Inglaterra la base de sus
futuras actividades, han sido objeto, inevitablemente, de fuerte crítica
en nuestro país. En relación con este asunto se emitieron entonces
opiniones que en sus versiones extremas pueden resumirse en dos
afirmaciones opuestas. Según la primera, el mérito del invento no fue
reconocido en España y, en consecuencia, la Cierva no recibió en su patria
la ayuda necesaria. Según la segunda, la ayuda oficial prestada a la
Cierva aquí era adecuada y el inventor fue «desleal» al recurrir a oros
países.
La primera afirmación no
es exacta, porque la Cierva contó casi en todo momento con el apoyo
(modesto, eso sí) que le brindó la Aviación Militar y el reducido grupo de
personas calificadas que comprendieron la importancia de su invento. La
ayuda oficial fue bastante adecuada para las posibilidades de nuestro
país, pero lo esencial es que en Inglaterra la Cierva encontraría hombres
con dinero dispuestos a invertir en el Autogiro. En aquel entonces, y
también un tanto ahora, las inversiones de capital español en
investigación y desarrollo se consideraban extravagantes, lo que obligó a
la Cierva a establecerse finalmente en aquel país en el que encontraba el
ambiente más propicio para desarrollar sus ideas.
En 1925 se realizan los
primeros ensayos y exhibiciones del Autogiro en Inglaterra, que resultaron
convincentes a los escépticos pilotos ingleses, sorprendidos de la
facilidad de pilotaje del aparato: «para pilotar el Autogiro, no hace
falta habilidad alguna». La aparición en escena del Autogiro había
producido una natural alarma entre los fabricantes de aeroplanos, y tuvo
como consecuencia inmediata el paralizar por un momento y posteriormente
reorientar la investigación y desarrollo de helicópteros.
Prueba del interés
internacional de la Cierva constituyen las patentes en Gran Bretaña,
Francia y Estados Unidos que a partir de este momento tuvo buen cuidado en
obtener puntualmente conforme se obtenían nuevos desarrollos y mejoras.
En 1926, y con un
capital de 125.000 libras esterlinas, se constituye en Londres la «Cierva
Autogiro Company, Ltd». El esquema general consistía en establecer una
compañía para adquirir los derechos de las patentes del Autogiro de la
Cierva, y negociar la venta de licencias a gobiernos y constructores, así
como crear eventualmente compañías en otros países para explotar bajo
licencia las patentes. Para España, el inventor se reservaba personalmente
los derechos de las patentes del Autogiro. Esto le permitiría ceder
licencias gratuitamente a Aviación Militar, en agradecimiento de la ayuda
recibida.
En 1926 se vuela con
éxito, con el propio la Cierva como pasajero, el primer Autogiro biplaza.
Era la primera vez que el inventor volaba en el aparato de su invención.
En este año se inician también los contactos con el ingeniero alemán Otto
Reder, quien posteriormente se uniría a la Cierva en su interés por los
desarrollos teóricos en el Autogiro, más que en las pruebas y ensayos, así
como en el profundo estudio de la dinámica del aparato. Aún no se disponía
de una base teórica suficientemente potente que sirviera para calcular las
actuaciones y la influencia de los diversos parámetros aerodinámicos y
mecánicos del Autogiro.
El modelo C.19 fue el
primero en ser comercializado para su venta, en Inglaterra, pero su
relativa inmadurez y alto precio ocasionaron un claro fracaso comercial.
En 1930 se inició la producción en los Estados Unidos del modelo PCA-2,
con una potencia de 300 CV, que alcanzó un satisfactorio nivel de ventas,
con una dinámica campaña publicitaria al estilo estadounidense (anuncios
de cine, exhibiciones sorprendentes, travesía transcontinental, rescate de
aviadores accidentados, uso en la Antártida, despegue y aterrizaje en
azoteas de edificios, viaje a México y Cuba, aterrizaje sobre la cima de
la pirámide maya de Chichen Itzá, ...). En España, la venta privada del
Autogiro se redujo a un único aparato, adquirido por un conocido marqués
sevillano, quien lo exhibió numerosas veces en Tablada, Sanlúcar la Mayor,
e incluso en El Rocío.
Autogiro moderno
El Autogiro fue determinante en el
desarrollo del helicóptero. El primer helicóptero «real» fue construido
por Focke, en Alemania (1937), quien unos años antes había adquirido las
licencias del Autogiro, y en los Estados Unidos por Sikorsky (1941). La
producción comercial de este último helicóptero requirió igualmente la
adquisición de licencias de Autogiro. En palabras del propio Focke: «Yo
emprendería la tarea de hacer el primer helicóptero práctico porque la
Cierva no lo hizo él mismo. Con su genio y conocimientos, probablemente
hubiera podido hacerlo mucho mejor y mucho más rápidamente. La objeción de
la Cierva al helicóptero era muy razonable: la complicación, que él
odiaba. Yo también la odio, pero por otra parte arguyo que es misión del
ingeniero, cuando la complicación es inevitable para superar nuevos
problemas, reducirla al mínimo».
Juan de la Cierva y Codorníu, inventor del
autogiro